Thursday, December 11, 2008

Tipeo con una sola mano..............La casa de papel Carlos Maria Dominguez

La Casa de Papel Carlos Maria Dominguez

"Un viaje costoso, porque los libros debieron recorrer más de doscientos kilómetros en varios camiones cubiertos. Entrar, seguramente, por el camino de tierra, y luego ser trasladado en carro por el arenal, hasta el lugar donde se leventaba el quincho abierto, casi sobre la playa.Usted, ¿qué cree que hizo con ellos? Se encargó de conseguir un albañil de la zona, de esos albañiles desocupados, capaces de trabajar la madera como el cemento, colocar una ventana o un techo de paja atado con alambre, golpear clavos gruesos como un dedo, hacer una perforación de agua o pirquear la piedra, con resultado siempre imprevisible e incierto. Hombres que no preguntan y hacen lo que le pida, de la manera que sea, mientras exista una paga, porque ellos no van a vivir ahí.
Pidió, Carlos, al albañil de Rocha, que clavara los puntales del arnazón de las ventanas en la arena, y los puntales de dos puertas, y que le armara con un muro de piedra, una chimenea. Cuando la chimenea estuvo en pie, asomada al costado del quincho, y las ventanas y las puertas quedaron apuntaladas, pidió que le hiciera una planchada de cemento. Y arriba del cemento, comprenderá que decirlo me produzca una sensación de horror, le pidió que convirtiera sus libros en ladrillos.Así como lo oye. Bajo la mirada, entre piadosa e indiferente del albañil que hacía la mezcla, se dedicó a seleccionar, de la montaña de libros arrojada por el carro sobre la arena limpia y blanca, los libros que debían protegerlo del viento, la lluvia, la inclemencia del invierno. No le importaba ya la amistad o enemistad entre los autores, las afinidades o contradicciones entre Spinoza, la botánica del Amazonas y la Eneida de Virgilio; si las encuadernaciones eran buenas o mediocres, si tenían grabados o láminas, estaban intonsas o se trataba de incunables. Apenas la proporción de cada volumen, el grosor, la fortaleza de sus tapas para resistir la lechada de cal, cemento y arena. El albañil presentó el tomo enciclopédico sobre el ángulo de uno de los postes y contó los volúmenes de la colección, y debió alinearlos sobre el hilo que le servía de guía.Nada me cuesta imaginarlo decir: "¿Y no va a ser? Si es un asunto irregular, como la piedra. Más pareja que la piedra. Casi como ladrillo. No se preocupe. Esto es lujo".Imagino a Carlos sobre una silla, entre la montaña de libros que amontonó el carro y la línea del mar, con un sombrero de paja para protejerse del sol furioso de Rocha; las manos sobre las piernas, atento al ruido de la cuchara del albañil sobre el lomo de sus libros manuscritos en los márgenes, con indicaciones inútiles hacia otros libros, comentarios que nunca más podría revisar, consultar, iluminar, como una nueva lectura. Ni alegre ni triste, enmudecido por su brutalidad, bajo el amparo del silbido del albañil, de la radio encendida, o de la rompiente del océano y los gritos de las gaviotas en la playa.Lo he pensado mucho. Debió caminar por ahí, mientras el muro se levantaba, alcanzarle un Borges para cubrir el pie de la ventana, Vallejo junto a la puerta, con Kafka arriba, y al lado Kant, y una dura edición de Adiós a las armas, de Hemingway; y así Cortázar, y Vargas Llosa, siempre voluminoso; Valle Inclán con Aristóteles, Camus con Morosoli, y Shakespeare, fatalmente ligado a Marlow por la argamasa de cemento; todos predestinados a alzar un muro, arrojar una sombra. "¿Va a ser térmico, no? Yo digo", gritaría el albañil para darle ánimo, para sacarle la rígida mueca de la cara, necesariamente endurecida, como si le cayera, también a él, un balde de mezcla. Porque se le apilaría en la cara la soledad definitiva de esos libros que ya nadie iba a abrir, a mirar con deseo, y tampoco hiba a decir, frente a la admirada visita: "bueno, no los leí todos. Me acompañan desde haca años. Mire, tengo algo que, estoy seguro, lo va a maravillar".Podría decir, sin embargo: siguen siendo mis amigos. Me dan abrigo. Sombra en el verano. Me protegen de los vientos. Los libros son mi casa. Nadie podría discutirle eso, aúnque las cosas se hubieran ligado por el lado más rudimentario y a fuerza de frecuentar la dimensión más delicada de los libros, hubiese sido arrojado a una lejana y solitaria playa.En una semana el albañil levantó, página por página, tomo a tomo, edición tras edición, las paredes de ese rancho sobre las arenas de Rocha que cubrieron de revoque la obra de Carlos Brauer. Una obra destruida dentro de otra. No sólo encerrada. Aniquilada en el cemento.Supe que vivió un tiempo ahí, y que el cartón, las cartulinas y el papel, encuadernados y soldados en la mezcla, resultaron más fuertes de lo que cabía imaginar. Desde luego, no soportaban el peso del techo, sostenido sobre los palos de eucalipto. Se bastaron para aguantar el propio, quedar armados y resistir la intemperie. Tal vez ha visto cómo se desgranan los bloques, cómo se parten los ladrillos. Pues las encuadernaciones resultaron más vigorosas.Delgado quedó callado y no me animé a interrumpir su silencio, aturdido por el relato. Era evidente que se sentía abrumado por una historia que le resultaba doloroso recordar.-Creo que el libro que le envió a Bluma, proviene de ahí- me decidí a decirle.





Carlos María Domínguez, escritor y periodista nacido en Buenos Aires en 1955 y radicado en Montevideo, Uruguay, desde 1989, autor, entre otros, de "Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti", en colaboración con María Esther Gillio, y de las novelas "Tres muescas en mi carabina" y "El bastardo".


2 comments:

vane said...

Este libro lo compró Chalo en tu librería y se lo regaló a Fer. yo no lo conocía, al autor tampoco, y me encantó. no dejo de recomendarlo.

Lucia Olazabal said...

que bueno!! a mi tambien me encanta....la idea de hacerte una casa de libros....pero sin la necesidad de la "locura"...
me alegro que haya gustado!